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Jugar con tu perro

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Ayer me pasaron este vídeo, en el que alguien demasiado inocente se juega el brazo en un intento de hacerse el gracioso frente a un Rotwailler.

No sé si el chico de la imagen todavía conserva su mano, pero lo que está claro es que podría haberse llevado un buen bocado con consecuencias graves tanto para él como para su perro (muchas situaciones tan tontas como ésta acaban con la eutanasia del animal por haber mordido a su dueño).

Qué responderías si te hago la siguiente pregunta:

¿Le estoy dando a mi perro todo el ejercicio que necesita si lo saco a pasear un mínimo de tres veces diarias, durante un tiempo de no menos de media hora, y dejo que juegue y se relacione con otros perros?

Si tu respuesta es sí, este artículo te interesa. Si tu respuesta es no, probablemente también quieras seguir leyendo.

Aunque jugar con nuestros perros es una de las mejores maneras de establecer un vínculo afectivo estable y equilibrado, no siempre coincide que el momento escogido por ellos es el idóneo para nosotros.

Sería útil poder decirles aquello de: “Ahora no: estoy a punto de echar la siesta” o “Si me pierdo esta escena no me enteraré del resto de la película”, pero ya contamos con que eso es imposible.

Y el problema llega cuando tenemos un perro insistente. Me refiero a ése que no cede en su propósito a la primera; ése que acaba subiéndose encima de nosotros en el sofá, colocándose sobre el libro que estamos leyendo, obsequiándonos con molestos y dolorosos pellizquitos, etc.

Nuestro impulso será repetir veinte veces “¡No!” mientras lo empujamos con las manos para quitárnoslo de encima. Y ahí será, justamente, cuando empecemos a perder el control de la situación.

Podéis hacer la prueba y veréis que no me equivoco. Un perro insistente reaccionará excitándose ante nuestros empujones porque, para él, son un juego de lo más divertido.

¿Por qué no probar, entonces, el método contrario? Levantémonos del sofá, ignoremos por completo al animal y no le dirijamos ni una triste mirada. ¡Será siempre mucho más efectivo! Al fin y al cabo, eso es lo que ellos hacen en el parque con sus “amigos” cuando quieren decirles aquello de “Ey, tío, ahora no”. Si aún así, nos sigue, caminemos hacia el baño o la habitación y cerremos la puerta. Cuando el perro esté tranquilo, volveremos a salir y seguiremos ignorándolo. Pronto entenderá que no va a haber diversión y volverá a tumbarse en su sitio. Entonces, lo acariciaremos.

Tal vez no hayamos llegado a tiempo para descubrir al asesino de la película, o hayamos perdido el punto del libro, lo sé, pero habremos enseñado a nuestros perros algo importante: que, en casa, una buena convivencia con los humanos que le han tocado como compañeros, pasa por respetar su espacio.

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