He oído a mucha gente dar por sentado que dejar subir al perro al sofá está “mal”. Sin embargo, cuando preguntas por qué, un porcentaje elevado de esas personas no acaban de saber qué responder.
Algunas, incluso, terminan por reconocer que el suyo sí sube. Y, avergonzadas por la declaración, añaden enseguida alguna frase del tipo: “Pero no siempre, eh!”.
En mi caso, reconozco abiertamente que encuentro pocas cosas más placenteras que tumbarme por la noche a ver la tele en el sofá junto a mi cruce de pastor alemán.
Sin embargo, el tema de debate no debería ser tanto el hecho de si un perro puede o no subir al sillón sino la manera en la cual una familia gestiona esa permisividad. ¿Podemos acabar generando un conflicto con nuestro animal? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? Sigue leyendo
